Lo que sueña la habitación

Al principio no sabía que era un cuerpo.

Solo era peso. Algo apretando desde adentro, como un temblor que no llegaba a la superficie.

Después, el ruido.

No palabras, no voces. Solo un zumbido grave y constante, como si el mundo vibrara en una frecuencia a la que yo no estaba invitada.

Los sonidos se afinaron con el tiempo. O yo me volví más sorda a lo que no importaba. Aprendí a distinguir pasos, ruedas, el zumbido del aire en la rejilla. Las alarmas. Las manos.

Las manos eran lo peor. No las mías. Las otras.

Frías. Urgentes. A veces suaves, pero con una prisa que dolía.

Me hablaban. Lo supe por el ritmo. Me hablaban como quien lanza palabras a un pozo para ver si hay fondo. Pero nadie esperaba respuesta. A veces lloraban. Otras solo hablaban, como si intentaran recordar un idioma olvidado.

Yo quería responder.

Moví la lengua. O lo intenté. Abrir la boca fue como empujar una roca con las pestañas. El cuerpo no obedecía. No era mío. O no del todo.

Entonces me aferré al pecho. A la respiración. Al pulso. Era lo único que me recordaba que, bajo la carne, aún quedaba algo.

A veces siento que el tiempo va hacia atrás, que esta habitación me sueña a mí…
Pero no sabía si era un pensamiento mío o algo que me rozaba desde fuera.

Pasaron días. O siglos. Difícil saberlo cuando el tiempo se mide por el goteo de un suero y el cambio de temperatura en una habitación que no se abre.

Una noche sentí que el dedo índice se estremecía. Leve, como un murmullo. Pero fue mío.

Esa noche no dormí. Si es que dormía antes. Me quedé allí, dentro de la escafandra, esperando más.

Alguien me tocó la frente. Siempre la misma persona. Voz grave. Manos tibias. Olía a café viejo y desvelo. Me dijo:

—No sé si me escuchas, pero hoy moviste el dedo. Fue como una chispa. Como si algo despertara.

Y yo quise gritar que sí. Que estaba ahí. Que siempre estuve.

Pero el grito no encontró salida. Solo calor. Solo presión.

Entonces, las pruebas.

Luces en los ojos. Voces. Frases repetidas. Agujas. Me interrogaban como si buscaran a alguien enterrado. Fallaba siempre. Como si el cuerpo se negara a delatarme.

Una tarde dejaron encendida una grabadora. Supuse que fue un error. Primero hablaba esa voz cálida. Luego, silencio. Y entonces, algo cambió.

Debajo del ruido, algo más.

Como una melodía enterrada.

Era mi voz. No salía por mi boca, sino desde otra parte. Una vibración en la máquina. En el ritmo del suero. En el parpadeo de la luz. Como si hablara a través de todo. Y entonces lo supe:

No estaba atrapada en el cuerpo.

El cuerpo estaba atrapado en mí.

Esa noche, la voz volvió:

—Quizá estás en un lugar mejor. O peor. A veces pienso que estás soñando y que nosotros somos solo parte de ese sueño.

Me aferré a esa frase. ¿Y si era cierto?

¿Qué pasa si yo soy el sueño? ¿Si ellos son solo restos de una vida anterior? ¿Y si este cuerpo que pesa, que duele, que calla… ni siquiera es humano?

Entonces algo se encendió en mí. Una imagen. Una certeza.

Yo flotando sobre una superficie líquida. Sin forma. Una presencia. Antes del cuerpo. Antes del nombre. Antes del lenguaje. Y una voz —mía o ajena— diciendo: prueba el encierro.

¿Fue una visión? ¿Un recuerdo? ¿Un castigo?

Después de eso, el dedo volvió a moverse.

Y luego la mano.

Y un día, los ojos.

Todos celebraban. Me hablaban. Lloraban sobre mi pecho como si yo hubiera regresado. Como si nunca hubiera estado allí antes.

Y yo también sonreí. O lo intenté.

Pero no dije nada.

No era el cuerpo el que soñaba con despertar. Era el sueño el que no quería soltarme.

Porque ahora sabía la verdad.

Yo no desperté.

Ellos entraron en mi sueño.


— Fátima Vázquez