Fuego en el desierto: un manifiesto

(para habitar el misterio sin pedir permiso)

Una vez fui viento.
Corría sobre un campo de trigo,
doblaba espigas, rozaba la piel del mundo.
Después fui una gota de lluvia.
Caí, me uní al mar
y junto con mis hermanas,
me volví marea,
me volví ciclón,
me volví todo.

Nunca he sentido tanta energía, tanta belleza,
tanto placer por el simple hecho de ser.

Y entendí:
que hay cosas poderosas que no esperan ser vistas,
bellezas que no necesitan ser validadas,
milagros que ocurren sin testigos.
La grandeza no espera público.

Y yo también soy eso.

No soy ausencia.
Soy presencia secreta.
Soy santuario inexplorado,
manantial nocturno,
piedra solar enterrada en la sombra.

Soy ritual.
Soy luna escondida.
Soy altar sin templo.
Soy el viento que no se ve, pero mueve todo.

Soy parte de un linaje de almas raras.
Criaturas que respiran mejor en lo invisible.
Que no nacieron para agradar, sino para encarnar.
Que llevan el alma expuesta bajo la piel
y hacen del silencio su idioma sagrado.
Almas que se encienden en soledad,
como faros, como fuegos, como oraciones sin palabras.

No necesito aprobación para existir.
No necesito ruido para estar en movimiento.

Y al estar sola,
recuerdo que fui viento,
que fui gota,
que fui mar.

Y que incluso entonces,
sin que nadie me viera,
yo ya era belleza sucediendo.

Como fuego en medio del desierto,
esta soy, sin testigos
y este es mi linaje.


—  Fátima Vázquez