En algún lugar sin nombre, en un desierto espeso y blanco, caminaban dos mujeres y un guepardo.
La arena no era liviana: se pegaba al cuerpo, se deshacía bajo cada paso. El sol caía en silencio, sin sombra ni tregua.
La mujer del centro (la que había hecho el llamado) sentía que cada grano de arena era parte de una prueba. A su derecha, iba el amor: una presencia viva, constante, que respiraba y resistía a su lado. A su izquierda, el guepardo: piel tensa, ojos encendidos, pero manso. No por domesticación, sino por voluntad.
El animal había sido convocado. No por hambre. No por caza.
Ella lo había sentido venir desde un sueño profundo, como si el desierto se abriera para dejarlo pasar.
Y él había aceptado.
Sabía que podía sentir hambre. Que la travesía sería larga. Que el instinto lo llamaría, feroz.
Pero había hecho un pacto: no devorar. No traicionar. Morir antes, si era necesario.
Ella lo miraba a veces, de reojo y sentía una mezcla de gratitud y respeto. No le hablaba, pero lo entendía. Era como si la decisión del guepardo le recordara la suya: amar también era renunciar. A ciertos impulsos. A ciertos miedos. A veces, incluso, a una parte de sí misma.
La otra mujer (la del lado derecho) no preguntaba. No temía. Confiaba.
Era como si ya supiera que el pacto no se rompía. Que la lealtad podía ser más fuerte que el instinto.
Y así caminaron.
Días.
O quizá años.
O quizá toda una vida.
La arena cambió de textura. El viento empezó a oler distinto: a sombra, a agua, a casa.
Y cuando por fin vieron una línea oscura en el horizonte, no celebraron. Solo siguieron caminando.
Sabían que no era un milagro lo que las había llevado hasta ahí.
Era el paso.
Era la voluntad.
Era la lealtad.
Era el pacto.
— Fátima Vázquez
La arena no era liviana: se pegaba al cuerpo, se deshacía bajo cada paso. El sol caía en silencio, sin sombra ni tregua.
La mujer del centro (la que había hecho el llamado) sentía que cada grano de arena era parte de una prueba. A su derecha, iba el amor: una presencia viva, constante, que respiraba y resistía a su lado. A su izquierda, el guepardo: piel tensa, ojos encendidos, pero manso. No por domesticación, sino por voluntad.
El animal había sido convocado. No por hambre. No por caza.
Ella lo había sentido venir desde un sueño profundo, como si el desierto se abriera para dejarlo pasar.
Y él había aceptado.
Sabía que podía sentir hambre. Que la travesía sería larga. Que el instinto lo llamaría, feroz.
Pero había hecho un pacto: no devorar. No traicionar. Morir antes, si era necesario.
Ella lo miraba a veces, de reojo y sentía una mezcla de gratitud y respeto. No le hablaba, pero lo entendía. Era como si la decisión del guepardo le recordara la suya: amar también era renunciar. A ciertos impulsos. A ciertos miedos. A veces, incluso, a una parte de sí misma.
La otra mujer (la del lado derecho) no preguntaba. No temía. Confiaba.
Era como si ya supiera que el pacto no se rompía. Que la lealtad podía ser más fuerte que el instinto.
Y así caminaron.
Días.
O quizá años.
O quizá toda una vida.
La arena cambió de textura. El viento empezó a oler distinto: a sombra, a agua, a casa.
Y cuando por fin vieron una línea oscura en el horizonte, no celebraron. Solo siguieron caminando.
Sabían que no era un milagro lo que las había llevado hasta ahí.
Era el paso.
Era la voluntad.
Era la lealtad.
Era el pacto.
— Fátima Vázquez