De este lado del sueño

(Para mi abuela,
que sabe el camino de regreso entre los sueños)


La otra protagonista. 
La coautora del relato. 
La presencia que completa el sentido, 
la mitad invisible.

Por un momento —solo un momento— 
el puente se sostiene de ambos lados otra vez
y lo nuestro vuelve a existir.

Ya no soy solo yo, 
ni mi recuerdo ardiendo en soledad. 
Alguien más camina desde la otra orilla, 
atraviesa la bruma 
y me alcanza para confirmarnos, 
para corregir el recuerdo, 
para sostenerlo, 
para sostenerme, 
para continuar la historia, 
para sostenernos.

Entonces, el tiempo se abre. 
No con estrépito, sino con un suspiro antiguo, 
como si una rendija de eternidad dejara pasar la luz de antes: 
la penumbra dorada de la cocina, 
el aire tibio oliendo a café, a desayuno, a conversación, 
las sombras danzando sobre las paredes. 
Por un instante, la atmósfera del pasado se cuela 
y vuelve a posarse sobre nosotros, intacta, viva. 
Podemos recordar cosas que solo existen entre tú y yo, 
allí donde la memoria toca lo eterno.

Y te digo: 
¿Recuerdas aquellas últimas noches cálidas en la cocina? 
Las horas suspendidas entre la risa, la cena, la música... 
la voz de mi padre, la televisión encendida como un corazón distante…

Solo por un momento, 
en medio de una grieta en la realidad, 
el velo se abre. 
Te siento volver, 
como un soplo antiguo que reconoce mi nombre.

Entonces la bruma se cierra.

Pero las memorias persisten. 
El puente se estira más allá del sueño, 
cruzando el espacio donde la materia se rinde. 
Un hilo invisible de alma nos mantiene unidas, 
indestructible, 
mientras tú seas tú 
y yo siga siendo yo, 
más allá de la carne, 
más allá del tiempo, 
más allá del olvido.

Y entonces lo comprendo: 
el olvido es solo un miedo. 
El infinito se inclina sobre nosotras, 
toma forma, 
y por un instante, 
nos sueña reales.

— Fátima Vázquez